José María Gil Román: una ruta por los ecos queer del urbanismo en La Isla


 

Por José García

El silenciamento de otras vidas que se separaron de la heteronormatividad es un paradigma común en casi todas las epistemologías occidentales, y esta es una forma de borrado de la que no se escapa la historiografía al uso.

Revelar esos construidos silencios es uno de los objetivos de la ruta Voces LGTBIQ+ en la Historia e San Fernando que conduce el divulgador histórico y miembro del colectivo Lambda La Isla, José María Gil Román, quien ayer abrió la programación del Orgullo 2025 en San Fernando, en Cádiz, con este curioso paseo.

La ruta comenzaba en el Castillo de San Romualdo, ligado a la fundación de la ciudad por los fenicios. Un espacio que sirvió de alojamiento a la fábrica de salazón donde aquel pueblo del a Antigüedad sentó las bases para la adoración del dios Melkart. El lugar resultaba relevante porque en él descansan los 'restos de los enamorados', dos esqueletos fosilizados en un abrazo. Siempre que se han hallado restos de estas características la arqueología ha actuado de acuerdo a unos determinados presupuestos para establecer el género de los fósiles, hasta que se encontró el enterramiento de Praga, que data del 290 a.C., donde un esqueleto aparece inhumado junto a utensilios del ámbito doméstico, una costumbre habitual cuando se trataba de mujeres, pero donde las pruebas de ADN mostraron que los restos encontrados se correspondían con un sexo biológico varón, lo que hace pensar a Gil Román en la evidencia científica de mujeres transgénero durante la Antigüedad.

El Castillo de Sancti Petri también se utilizó para la adoración de Hércules o Heracles, hijo de Júpiter, equivalente del dios Romano Zeus, que también tuvo sus experiencias homosensuales con Ganímedes. Pero no nos desviemos del personaje, Hércules, además de esposas, tuvo varios erómenos, como Yolao, símbolo del amor entre hombres en la cultura tebana.

Al mismo castillo acudieron Alejandro Magno, cuya ambigüedad sexual resulta ya poco discutida y que también mantuvo relaciones con algún miembro de su mando militar. Y en Sancti Petri tampoco podemos podemos dejar de lado la visita de Julio César, apodado la reina de Bitinia que, al igual que Zeus con Ganímades, mantuvo una relación más que especial con su copero.

El siguiente punto de la ruta diseñada por Gil Román fue la Iglesia Mayor de San Fernando para analizar las relaciones históricas entre fe y deseo. En este punto el divulgador histórico expuso varios ejemplos de tolerancia y bendición de uniones homoeróticas por la Iglesia durante el periodo paleocristiano, sobre todo en la Iglesia Ortotodoxa, las llamadas 'adelphopoiesis'. También se refirió a la estética homoerótica en que están pintados casi todos los retratos de San Sebastián, muy alejada de la definición del santo que se realiza en el Libro de los Mártires, y un sinfín de ejemplos más que nos indican que la Iglesia nunca fue tan ajena a la experiencia queer.

Otros edificios isleños que Gil Román asoció al eco de voces lgtbiq+ son el Teatro de Las Cortes De San Fernando, fundado en una época donde todavía muchos personajes femeninos debían ser interpretados por hombres y que nos encuadró la trayectoria de de artistas como Julian Eltinge, que paseó los 'espectáculos de drags' por buena parte de los escenarios decimonónicos. Y qué decir del contemporáneo Ocaña. Gil Román quiso con ello reivindicar la escena teatral para las performances drags.

La ruta se va acabando en la Casa Consistorial, donde el salón isabelino nos retrotrae a la reina Isabel II y su marido el duque e Cádiz, Francisco de Asís y Borbón, alias 'La Paquita'. El Ayuntamiento De San Fernando también presenció la llegada del código napoleónico y con él la derogación de las normas que penalizaban la práctica de relaciones homosexuales.

Y tratándose De San Fernando no podía olvidarse la casa de Camarón de La Isla. Lo vínculos entre el flamenco y lo queer han sido profusamente estudiados por el bailaor y académico Fernando López Rodríguez, pero Gil Román nos deja algunos toques locales de este arte de fusión que coqueteó con la cultura queer, como Juan Gallo, que acompañaba siempre a Lola Flores y que no se privaba de travestirse ni en los oscuros tiempos de la dictadura franquista. O si no, en la actualidad, el repertorio de la drag flamenca y no binaria Jota Carajota...

Todo nos muestra que, aunque ahora utilicemos denominaciones nuevas, las voces y ecos de lo queer han resonado a lo largo de toda la Historia. 

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