'Putas imágenes': una inmersión materialista en la pornografía

La artista posporno e investigadora, Andrea Corrales Devesa.


Por José García

Partamos de una premisa que comparten tanto las feministas abolicionistas como las prosex: las imágenes tienen el poder de transformar la subjetividad de quien las mira. Sin embargo, el desarrollo de esta premisa se bifurca. Para el movimiento abolicionista, la pornografía es la responsable directa de la cultura de la violación. Es una industria que no solo 'representa', sino que también 'ejecuta' la violencia contra las mujeres. Para el movimiento prosex, poseer imágenes culturalmente disponibles e históricamente específicas responde a la necesidad imperiosa de compartir imaginarios. Esta divergencia lleva décadas enfrentando dos posturas políticas sobre la pornografía completamente antagónicas. Pero ambas se basan en un análisis de contenido de las representaciones culturales del sexo que se distribuyen a partir de distintas tecnologías. ¿Para cuándo un análisis que deje de lado las representaciones y se preocupe por las condiciones de producción de la imagen pornográfica? ¿Por los derechos laborales de sus trabajadoras y trabajadores de esta industria?

Esta es la pregunta que trata de responder Andrea Corrales Devesa, artista posporno licenciada en Bellas Artes y doctora en Industrias de la Comunicación y Culturales, en su obra Putas imágenes.Una teoría invertida de la pornografía, que ha sido presentada esta semana en la Biblioteca Social 'El Adoquín', en Cádiz, por iniciativa de la colectiva feminista Jarana.

Corrales se basa en las prácticas de vida y resistencia compartidas con su comunidad de trabajadoras sexuales y en parte de lo que ha sido su tesis doctoral en este obra publicada por Bellaterra Ediciones para añadir una tercera vía de análisis de la pornografía que supere el marco semiocéntrico y dé voz a las protagonistas de este industria -mujeres en su mayoría junto a otros disidentes del género y la sexualidad- y ponga el acento en las economías que se producen en los márgenes de aquellas imágenes consideradas "buenas".

La autora lo tiene claro: el porno es un lugar trabajo aunque esté lleno de metáforas estigmatizadoras y es así como debe ser analizado en las nuevas aproximaciones feministas. Por eso no duda en recurrir al marxismo para afirmar que la imagen es siempre una entidad feminizada que coloca a las mujeres y las vidas subalternas en contraste con la mirada de hombres espectadores. Es decir, es un espacio donde se acumulan tanto mujeres como otros cuerpos subalternos, sin embargo, este punto de aproximación raramente ha sido abordado por los debates de los feminismos que conversan con el marxismo.

No parece que ni las trabajadoras sexuales, ni las de la cultura ni las dedicadas a los cuidados hayan sido nunca consideradas en el ámbito de lo social, afirma tajante la artista e investigadora, quien también aborda en su obra los ecosistemas legislativos que están regulando la producción pornográfica mainstream. Un trabajo completamente desregulado, como todos los trabajos asumidos por feminidades no normativas. Y una industria de aplicaciones informáticas que se encargan de distribuir las imágenes que pueden considerarse pornográficas y las que no, frente a una enorme constelación de pequeñas productoras que deben bregar con las condiciones que imponen las distribuidoras.

En definitiva, una aproximación diferente a la naturaleza de la imagen pornográfica que viene a poner un poco de frescura en un debate enconado desde hace décadas dentro del feminismo y la teoría queer.


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