Eloy Gómez Rube, la antesala de una cultura cuir en la ciudad de Cádiz
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| Ilustración: Fritz |
Por José García
Cuando Eloy Gómez Rube leyó su Manifiesto Contrakutre en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz, donde acabaría trabajando como bedel, tal vez solo estaba preludiando la política de la cancelación cultural que habría de sobrevenir con la llegada al poder de la extrema derecha en numerosas instancias locales e internacionales. "La cultura acepta el arte siempre que éste no signifique ruptura radical, cuando el arte es una continuación de lo establecido", decía en mayo de 1983 en su celebrado manifiesto.
Su obra, exponente, como él mismo afirmaba, de una "literatura canalla, yonqui y marica", fue difundida gracias al descubrimiento de la fotocopiadora y el asalto a las cabinas telefónicas que financiaron parte de su producción literaria, como ocurrió con sus Poemas métricos. Gómez Rube fue, como lo serían a posteriori muchas voces de la disidencia sexual en la ciudad, un marginado para unas editoriales locales interesadas únicamente en promocionar lo castizo. El "actualismo artístico", como él mismo definía los movimientos contraculturales que abrazó, estaban muy lejos de las aspiraciones de la industria cultural gaditana y andaluza. Gómez Rube había crecido en "una ciudad con un solo periódico y muchos curas".
Su interesante producción literaria pudo ser recuperada en parte gracias a la labor recopilatoria de su albacea artística, la profesora de la Universidad de Cádiz Ana Sofía Pérez-Bustamante, y EH Editores, entre otros incondicionales de su trabajo, con la obra La trilogía: esperpento gaditano de las vidas standars, publicada cuando ya le quedaba muy poco tiempo de vida. Otra parte importante se perdió entre desahucios y papelas de heroína. Un conjunto de circunstancias que fueron forjando su leyenda, su elevación a la categoría de icono del underground gaditano. Lo justo para que la prensa conservadora, la única que existía en la ciudad en el momento de su muerte, le dedicara un artículo a modo de obituario.
En cualquier caso, puede que ni él mismo fuera consciente de que estaba preparando, desde su barrio de El Pópulo, donde vivió hasta su desahucio, la antesala de una cultura cuir en la ciudad, si bien, como seguidor acérrimo de los beatniks, es posible que estuviera más cerca del queer de William Burroughs que del de Teresa de Lauretis en su reformulación política del término, posterior a la época de mayor producción artística de Gómez Rube.
Así, nuestro autor autodidacta bebió de lo más vanguardista del panorama cultural de su época: el movimiento hippie, el punk, la mencionada Generación Beat y la movida madrileña (a saber qué pensaría ahora del rumbo político que han tomado muchos de sus más destacados miembros), todo ello envuelto en una espiritualidad de corte budista que daba al pensamiento de Gómez Rube un carácter singular que lo encumbró entre el lumpen-proletariado y lo marginó entre los grandes gurús del casticismo gaditano.
Su incontinente furia verbal, su coprolalia, mezcla de una suerte de expresionismo literario que lo llevó a cultivar lo que él denominó como "neospertento", trasladaron a la lengua literaria de nuestro tiempo la versación de una galería de personajes que poblaban su amado barrio de El Pópulo y que hoy hubieran quedado sepultados bajo un sinfín de anuncios de airbnb. Porque, a pesar de lo innovador de su literatura, él nunca aspiró a hacer un arte de carácter elitista. Lo suyo era, en sus propias palabras, una "literatura portátil, corta y escrita del tirón".
Además del trabajo recopilado por EH Editores, cuyo eje central son las tres obras de teatro que conforman su sperpento gaditano y que sus amigos actores y amigas actrices llevaron parcialmente a escena en el Café Teatro Pay-Pay de manera póstuma, existen otros trabajos que pueden encontrarse en web, como La noche gaditana del divino César, El motorista macarra y El santo resucitado. Un detalle curioso porque el autor siempre abdicó de las posibilidades que internet ofrecía a la difusión de su obra. Y tal vez no le faltara razón, porque siempre tuvo algo de visionario, y ya nos anticipaba que el algoritmo de Google, de Meta o de X apagaría su voz declaradamente irreverente y radical entre aquellas otras que claman por el aniquilamiento del pensamiento woke.

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